Había una vez un pueblecito a las afueras
de la ciudad, este lugar era muy pequeño y todos los habitantes se conocían
entre ellos. Los que vivían allí, la mayor parte se dedicaban a la agricultura
y a la ganadería.
Habitaba un hombre llamado Manolo, tenía 80
años y la mayor parte de su vida la había dedicado a trabajar, no había tenido
tiempo para nada ni para nadie más por lo que con su edad se sentía solo.
Le habían ofrecido millones de veces
casarse con mujeres del pueblo, pero él afirmaba que sólo se casaría por amor,
ese amor nunca llegaba. No quería ver la televisión porque siempre salían
escenas de amor y evitaba hablar con mujeres, era un hombre que odiaba todo lo
que tenía que ver con el amor y el sexo opuesto.
Un día como otro cualquiera, Manolo se
vistió para ir al campo para trabajar en su huerto y cuidar a sus animales.
A mitad de camino vio a una mujer que
estaba al lado de la carretera andando bajo la lluvia. Manolo no estaba
acostumbrado a hablar con mujeres por lo que no sabía si parar a hablar con
ella o seguir adelante. Manolo era un hombre bueno y honrado por lo que paró el
coche y gritó a la mujer con su acento campestre.
La mujer se asustó y murmuró - “No
necesito que nadie me salve y menos un hombre”-. Manolo un tanto enfadado gruñó
e intentó convencerla para que montara en el coche.
Cuando entró la mujer se quitó la capucha
y dejó ver su pelo rubio dorado, Manolo quedó anonadado con su belleza. De
forma tímida le preguntó qué hacía andando por la carretera mientras llovía.
Ella tristemente le dijo que había
abandonado a su marido porque no era feliz, nunca le había amado, se casó con
él por conveniencia familiar.
Hablaron durante el trayecto a casa de
Manolo. Se llamaba Joaquina, tenía 78 años y había vivido durante toda su vida
en la gran ciudad, era una mujer que lo tenía todo, pero a pesar de ello no era
feliz.
Manolo se compadeció de ella y le ofreció
su casa para pasar la noche. Se sentaron frente la chimenea y charlaron sin
parar hasta el amanecer. Sin darse cuenta vieron que eran el uno para el otro,
tenían muchas cosas en común.
Pasaban los días y aún seguían viviendo
juntos, se habían acostumbrado a tenerse el uno al otro y ya no podían vivir
separados, se amaban a pesar de creer que no encontrarían a nadie ya con la
edad.
Realizado por Raquel Segovia Ibáñez

No hay comentarios:
Publicar un comentario